00 · Ya no soy un turista. Ya no
El vagón frena antes de entrar a Pueyrredón y el tipo del pasamanos no se cae. Duerme parado, con una precisión que solo da la costumbre, y por un segundo dejo de mirarlo a él para mirar lo que sostiene: no es un caño metálico, es un hueso largo y pulido por miles de manos, una columna vertebral común a la que todos, alguna vez, nos agarramos.
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Las luces del túnel entran por la ventanilla en golpes regulares, como un metrónomo que llevara la cuenta de algo que no es tiempo. Cuento catorce, quince, y en el dieciséis la luz se queda fija: ya no estamos bajo Corrientes, estamos bajo algo mucho más viejo, un río subterráneo que corría ahí antes de que alguien decidiera poner rieles encima.
El hombre dormido abre los ojos justo cuando yo los cierro. Por un instante intercambiamos el vagón: él ve mi versión —despierto, incómodo, mirando el celular que no tiene señal— y yo veo la suya, un pasillo de agua negra iluminado por peces que son, en realidad, faroles del siglo pasado.
Las puertas se abren en Pueyrredón con el silbido de siempre. Bajo. Él se queda. No sé si el que soñaba era yo.